Santa María de la Presentación del Señor

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Grupo de padres y niños participantes en la novena

Grupo de padres y niños participantes en la novena

Hemos celebrado el tercer día de la Novena

El pasado lunes fueron presentados a la Santísima Virgen de Barbaño los niños que han sido bautizados en nuestra parroquia en el último año.

Bajo el título de “Santa María de la Presentación del Señor“, el tercer día de la Novena Parroquial ha servido para que los padres de los niños que han sido bautizados en nuestra parroquia desde el mes de septiembre de 2013 hasta ahora presentaran a sus hijos a la Virgen de Barbaño pidiéndole a nuestra Madre su protección maternal.


La celebración estuvo presidida por D. Andrés Romero, sacerdote encargado de la pastoral bautismal en Montijo. En su homilía destacó que éste era uno de los días más alegres y hermosos de la Novena. Seguidamente, recordando a los padres la formación recibida en los cursillos prebautismales, señaló que el Bautismo es don, por ser regalo de Dios; es unción, porque somos ungidos con el crisma; es iluminación, por la fe que recibimos y que nos ilumina (simbolizada en la vela que el padre enciende del Cirio pascual el día del bautismo); es vestidura incorruptible, por la gracia de Dios que se nos da (simbolizada en el paño blanco que se le pone al niño en la cabeza); es baño de regeneración, porque a través del agua nacemos a una vida nueva; y es sello, que nos marca como propiedad de Dios con una marca indeleble (por lo que ya no se puede repetir de nuevo).


También señaló que por el Bautismo somos injertados en Cristo, hechos hijos de Dios  -por lo tanto hermanos de Jesús y de todos- y miembros de su Iglesia. El Bautismo es fuente de compromiso y responsabilidad para los padres, los padrinos y para toda la comunidad cristiana que deben dar testimonio de palabra y obra de la fe que profesan para que los bautizados lleguen a vivir y testimoniar la fe en la que fueron bautizados. Todos estamos involucrados en el crecimiento de la semilla de la fe.

Otros dos elementos son esenciales en la transmisión fiel de la memoria de la Iglesia. En primer lugar, la oración del Señor, el Padrenuestro. En ella, el cristiano aprende a compartir la misma experiencia espiritual de Cristo y comienza a ver con los ojos de Cristo. A partir de aquel que es luz de luz, del Hijo Unigénito del Padre, también nosotros conocemos a Dios y podemos encender en los demás el deseo de acercarse a él.

Además, es también importante la conexión entre la fe y el decálogo. La fe, como hemos dicho, se presenta como un camino, una vía a recorrer, que se abre en el encuentro con el Dios vivo. Por eso, a la luz de la fe, de la confianza total en el Dios Salvador, el decálogo adquiere su verdad más profunda, contenida en las palabras que introducen los diez mandamientos: « Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto » (Ex 20,2). El decálogo no es un conjunto de preceptos negativos, sino indicaciones concretas para salir del desierto del « yo » autorreferencial, cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con Dios, dejándose abrazar por su misericordia para ser portador de su misericordia. Así, la fe confiesa el amor de Dios, origen y fundamento de todo, se deja llevar por este amor para caminar hacia la plenitud de la comunión con Dios. El decálogo es el camino de la gratitud, de la respuesta de amor, que es posible porque, en la fe, nos hemos abierto a la experiencia del amor transformante de Dios por nosotros. Y este camino recibe una nueva luz en la enseñanza de Jesús, en el Discurso de la Montaña (cf. Mt 5-7).

He tocado así los cuatro elementos que contienen el tesoro de memoria que la Iglesia transmite: la confesión de fe, la celebración de los sacramentos, el camino del decálogo, la oración. La catequesis de la Iglesia se ha organizado en torno a ellos, incluido el Catecismo de la Iglesia Católica, instrumento fundamental para aquel acto unitario con el que la Iglesia comunica el contenido completo de la fe, « todo lo que ella es, todo lo que cree » (Lumen Fidei 46)


Después de la homilía los padres subieron hasta el presbiterio y ante los pies de la imagen de la Virgen de Barbaño pusieron a sus hijos bajo su maternal protección.

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