Día séptimo: Peregrinar para renovarse

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12 de agosto: Padrón – Santiago de Compostela


Un último esfuerzo nos llevan a recorrer los 22 kilómetros que nos separan de nuestro punto de llegada: Santiago de Compostela, donde está el sepulcro del Apóstol Santiago, el que trajo la fe a España. Los peregrinos siguen los pasos de aquellos discípulos que dejaron la barca en el “Pedrón” de Padrón y llevaron el cuerpo del Apóstol hasta lo que hoy es Santiago de Compostela. Siguen un camino iniciado siglos atrás y que seguirá recorriéndose durante muchos siglos más.


Durante estos días de camino los peregrinos han ido viviendo y experimentando numerosas situaciones que han ido dejando huella en ellos. Algunas les han hecho tomar conciencia de su debilidad, de sus fallos y sus defectos; otras les han ayudado a sentir dónde reside la verdadera felicidad; el mismo Camino, el caminar, les ha hecho plantearse cómo es su caminar por la vida, cuál es su meta y el rumbo que están llevando… De uno u otro modo la conclusión es clara: es necesario cambiar. Hay que renovarse.


Día a día, paso a paso, los peregrinos han tenido que ir eligiendo una y otra vez: parar o seguir caminando; avanzar o retroceder. Peregrinar es ir discerniendo cuál es el camino que cada uno debe recorrer en su vida, el camino que Dios soñó y sueña que realice, porque en este camino y sólo en este, encontrará cada cual, con su sensibilidad y sus cualidades, la verdadera felicidad que le abra la entrada a la fiesta celestial, al encuentro con nuestro Padre Dios. Y este discernimiento nos habrá llevado a darnos cuenta y reconocer que fallamos, que ponemos nuestra seguridad, nuestra meta, en otro horizonte distinto al que Jesús nos invita.


Renovados con el Sacramento de la Penitencia los peregrinos se lanzan ahora a la aventura de vivir una vida nueva, más plena, cuyo único norte es Dios y su único mapa el Evangelio.


PEREGRINAR PARA RENOVARSE

Yo sé que me quieres, Señor, porque eres bueno,

porque tienes un corazón grande, perdóname;

límpiame por dentro de pecado,

y de mis continuas caídas cúrame.

Qué alegría saber que eres Padre, y también justo y recto.

Me miras fijamente amando lo puro y limpio dentro de mí.

Me hablas suavemente como amigo en el silencio.

Abrázame y tu amor me cambiará el corazón,

se mi amigo, ayúdame a caminar y superarme.

Devuélveme, que lo perdí,

el gozo de sentirme hijo tuyo,

y así toda mi vida se alegre como en una fiesta.

Olvida el mal que hice,

y ayúdame con tu amistad a renovarme.

Que nazca en nosotros, un corazón puro,

y una voluntad firme contra las malas tentaciones.

Que tu fuerza nos acompañe siempre,

y nos ayude a superarnos.


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